Simón Pena

Simón Pena

Web Browsers Engineer at Igalia

Born in Galicia. Currently based in London

Grand Theft Auto

Grand Theft Auto es un término estadounidense que denomina a los ladrones de coches. Coincide tambié con el título de una famosa saga de juegos para PC. Cualquiera con el que haya hablado en el último mes pensará que ahora voy a hablar de mis últimos avances en el GTA: San Andreas, o que haré un breve resumen de las novedades del futuro GTA 4. Y sólo Berte sabrá, de primeras, de qué voy a escribir hoy. (Aunque el hecho de que ponga este párrafo aclaratorio posiblemente haga dudar un poco…)

Sábado, 1 de diciembre

Más o menos a las 10 menos 10 de la mañana, a 10 minutos del principio del curso de Tai Chi en el que estábamos apuntados, estábamos Berte y yo llegando al aparcamiento de Pajaritas, a por mi coche. Cuando llegamos, yo me acerqué por la izquierda, Berte por la derecha, y yo me quedé todo extrañado:

Vaya, hombre, Víctor se dejó la ventanilla abierta y se mojó un poco por dentro. Pues sí que estaba tenso ayer con el coche, para que se le olvidara…

O, como diría el propio Víctor, “Vaya pavo”. Claro, la coña es que luego abrí la puerta, sin usar las llaves, cosa que ya me resultó mucho más extraña: “joer, me dijo que había cerrado”. La verdad, no me creía lo que estaba pasando. Pero cuando me siento y voy a encender el coche…

-Berte, mira

Berte o ya se lo olía, o lo vio antes y esperó a que yo me diera cuenta, porque la ventanilla de su lado también estaba bajada, y también había entrado algo de agua. Y cuando le señalé la zona del volante, pues ya lo tuvimos claro los dos. Habían quitado una tapa y desenganchado la zona del contacto de los cables que salían de allí. Cogí el móvil, y salí del coche, y fue sólo en ese momento cuando vi cómo habían forzado la cerradura del lado del conductor. Sin embargo, no parecía faltar nada: estaba toda la documentación del coche en la guantera, los mapas, los chalecos reflectantes…

Después de llamar por teléfono a casa, mis padres me dijeron que fuese a algún garaje, para llevar el coche a ver si me lo podían arreglar. Les comenté la posibilidad de llamar a la policía, pero dado que tenemos el coche asegurado sólo a terceros, me dijeron que no valdría de gran cosa.

Tras guardar en el maletero, bajo llave, todo lo que había en la guantera y en las puertas, nos fuimos a buscar un taller. La verdad es que en aquel momento el coche era igual de “sustraíble” que por la noche: seguía con las ventanillas bajadas, y los cables del volante a la vista. Y seguía sin poderse cerrar. Pero si había aguantado la noche…

La mayor parte de los talleres que miramos estaban cerrados, y en el único que vimos abierto nos dijeron que necesitábamos un taller de electrónica… y que teníamos que avisar a la policía. Porque sí: aparentemente el coche estaba en el mismo sitio, y aparentemente no habían hecho nada con él. Pero no podíamos estar seguros, y poniendo una denuncia me cubría las espaldas en caso de que alguien hubiera hecho alguna barbaridad con mi coche durante la noche.

Hay un cuartel de la policía nacional bastante cerca de mi casa, donde Darío y unos colegas habían denunciado o un intento de robo, o una agresión, en uno de sus primeros cumpleaños en Coruña, enfrente de la Cruz Roja. Allí fuimos, después de preguntar cómo llegar, y después de unos minutillos en la sala de espera (donde Berte intentó buscarme parecidos razonables con los etarras de los carteles) nos mandaron pasar a la zona de denuncias. El tío que nos atendió fue muy majo, y se permitió intentar acertar el modelo de mi coche

-No me digas qué coche tienes, te lo digo yo: ¿Es un escort? ¿Un orión?
-Es un kadett
-Vaya, era la otra opción.

Nos felicitó por haber decidido poner la denuncia, y luego nos envió a “sus compañeros” de la científica en busca de huellas. El tío del taller que nos recomendó denunciar nos había aconsejado evitar este paso, dado que rara vez aportaba nada bueno. Pero por la coña de CSI, y dado que no teníamos mucho más que hacer…

Volvimos a Pajaritas Berte y yo, y allí estuvimos esperando, pensando cómo haríamos para reconocer policías de paisano (según el policía que nos atendió en la denuncia, posiblemente fueran con un coche de paisano). Pues bien: no fue difícil. Cierto es que estábamos esperando que llegaran, con lo que estaríamos más atentos a detalles, pero cuando llegó un Citroen C4 gris, nuevecito, y se bajaron dos tíos con pantalones vaqueros, cazadoras de cuero, y zapatos “de sport”… no nos sorprendió que se dirigiesen a nosotros y nos saludaran.

Tomaron huellas, fueron bastante meticulosos, y tuvieron varios gestos del que “conoce bien su trabajo”. No comentaré eso en el blog, porque podría permitir que otras personas fuesen más cuidadosas en sus delitos: aunque es una actitud paranoica, vosotros no sabéis con qué términos de búsqueda se llega a este blog :P Pero si queréis, cualquier día os los comento en persona. El caso es que así, de primeras, no descubrieron nada que vaya a identificar a quien ¿intentó? ¿logró? robar mi coche. Porque esa es otra: cuando uno de los policías comprobó si el coche arrancaba, todos esperábamos ver que no, que de algún modo el coche no se daría movido de allí, y que por eso lo dejaron quedar. Así que la sorpresa fue mayúscula cuando, después de “cierta técnica”, el coche estaba al ralentí, tan tranquilamente. Es decir: no se lo llevaron porque no quisieron, alguien los interrumpió en algún momento dado - y luego no volvieron “a acabar el trabajo” -, o directamente se lo llevaron, la liaron, y luego lo dejaron donde estaba.

De cualquier modo, el policía me enseñó la técnica secreta esa, con lo que volvía a tener el coche totalmente operativo. Aunque claro: se me haría violento arrancarlo delante de más gente :P. Nos comentó también acerca de un taller eléctrico que conocía él, y a dónde podíamos llevar el coche, y luego se fue con su compañero. A continuación, Berte y yo llevamos el coche al aparcamiento de al lado de mi casa, y tras andar trasteando algo, conseguimos volverlo a cerrar: con las ventanillas bajadas y los seguros puestos, los únicos puntos flacos eran el arranque, y el hecho de que, según la policía, una vez que la cerradura está forzada, es muy fácil volverlo a abrir.

Berte se fue, y yo subí a casa, a mirar en internet talleres a dónde llevar el coche. Pero claro: los sábados la gente no trabaja, y si lo hacen te hablan mal por teléfono (manda narices, cobrando la hora de mano de obra al precio que la cobran, y aun tienen la cara de hablarle mal a uno). Así que acabé rindiéndome, y trayéndome el coche para casa: ya se arreglará por la semana, pero al menos malo será que alguien se lo lleve.

Desde luego que es una faena que a uno le entren en el coche y todo esto, y que pone los pelos de punta ver desde tan cerca la posibilidad de quedarse sin él. Pero al mismo tiempo también fue una suerte que lo dejasen quedar, en vez de tirarlo por ahí en cualquier lado, o simplemente que no tirasen con toda la documentación o rompieran cosas sólo por que sí. Y no puedo dejar de pensar que el fin de semana pasado, por ejemplo, el sábado no toqué el coche. ¿Qué habría pasado si hoy no tuviera Tai Chi, y no me hubiese pasado a por el coche hasta el domingo? ¿Habrían vuelto a “acabar la faena”? ¿Habría venido algún otro “maleante” y hubiera vaciado el interior? En fin… cuando sepa cuánto cuesta arreglarlo, espero poder decir lo de “aínda bo foi que non foi nada”.